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Palmitos sustituyen a la coca
Por María Isabel García

Campesinos colombianos abandonan cultivos ilícitos y plantan el cotizado fruto en 350 hectáreas del departamento del Putumayo. Ahora son dueños de una empresa y tienen asegurada la venta del producto.

BOGOTA, (Tierramérica).- Doscientas familias colombianas del meridional departamento de Putumayo apostaron al cultivo de palmitos en sustitución de las plantaciones ilícitas de coca, en el marco de las políticas de erradicación de los gobiernos de Colombia y Estados Unidos.

Se trata de una alternativa para alejarse de la zozobra de los cultivos de narcóticos que abarcan 145 mil hectáreas en todo el país y que ocupan a 200 mil campesinos.

“El principal beneficio es ser dueño de la empresa y tener asegurada la venta”, dijo a Tierramérica el gerente de la empresa Agroamazonia, Jorge Yoria, desde Puerto Asís, municipio del departamento de Putumayo, cuya capital (Mocoa) se ubica a unos mil 130 kilómetros al sur de Bogotá.

La firma fue creada a mediados de 2001 por seis asociaciones de cultivadores que suscribieron pactos de sustitución de cultivos con el estatal Plan Nacional de Desarrollo Alternativo (Plante). Aunque el cultivo de la coca está impregnado en la cultura de la región, “muchos se han dado cuenta del daño que causa y quieren cambiar”, dijo Yoria.

Al tercer año de cultivo de los árboles de palma, cuando la inversión inicial esté cubierta, cada agricultor recibirá mil dólares anuales por hectárea plantada, mientras los costos de mano de obra y abono suman 350 dólares por año.

Agroamazonia adquiere la producción de unas 350 hectáreas cultivadas de palma de chontaduro (Bactris gasipaes), en lo que constituye la primera fase del plan de sustitución de cocales auspiciado por el Plante, y se encarga del procesamiento y empaque del apreciado fruto harinoso.

Chontaduro es uno de los 50 nombres con que se conoce esta variedad de palma nativa de la zona tropical cálida de América, adoptada por las culturas indígenas y luego integrada al desarrollo de núcleos poblacionales de la Amazonía.

La palma es valorada por sus propiedades alimenticias y medicinales. Los palmitos son la base anillada de las hojas sin abrir, que forma un cilindro largo y compacto en el apéndice del tronco.

Los primeros cogollos tardan entre 15 y 18 meses en estar listos para cortar, cuando el diámetro del tallo alcanza entre 10 y 14 centímetros.

Como se trata de un producto altamente perecedero, entre el corte y el procesamiento industrial no pueden transcurrir más de 24 horas. Las latas de medio y un kilogramo cuestan en Bogotá entre uno y dos dólares.

Al principio se emplea mucho trabajo en la preparación y mantenimiento, y como la Amazonía es de muchas lluvias, se debe quitar malezas con frecuencia, dijo a Tierramérica el agricultor Julio César Ramos, quien emigró al Putumayo hace 40 años, desde el occidental departamento del Valle.

Su historia es la de millones de colonos que llegaron a la selva desde otras regiones en busca de un futuro mejor, pero sólo hallaron la coca como alternativa a la falta de caminos, electricidad, créditos y estímulos para plantar.

En 1994 Ramos compró una finca de 10 hectáreas con plantas de coca pero “como nunca me gustó ese cultivo” dejó que se extinguieran, y apostó por el palmito. Reservó cuatro hectáreas para la siembra de 12 mil palmas, y destinó el resto al cultivo de frutales, plátano y yuca, y a la cría de peces.

Su parcela se ubica en Platanillo, jurisdicción del municipio de Puerto Caicedo, que junto con los municipios de Puerto Asís, Orito, Valle del Guamuez y San Miguel, todos en Putumayo, forman el área de influencia del Plante.

Los palmitos de la finca de Ramos y de otros de la zona se venden en la cadena francesa de supermercados Carrefour, que adquiere toda la producción de Agroamazonia.

Sus estándares de calidad son altos: trozos del fruto de entre 8 y 10 centímetros y riguroso control de firmeza, fibra, color y sabor.

Para 2004 la empresa espera haber duplicado la actual producción de 60 mil latas, contar con 450 socios y obtener los primeros dividendos.

* La autora es corresponsal de IPS

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